La batalla de las Navas de Tolosa

Miranda del Rey

Batalla de las Navas de Tolosa   (16 de julio de 1212)

Por D. Manuel Gabriel López Payer, Doctor en Geografía e Historia

            El día 12 de julio de 2012 se ha celebrado el VIII Centenario de la Batalla de las Navas de Tolosa. Este acontecimiento histórico sigue, ochocientos años después, sigue manteniendo el recuerdo en la memoria de España, y es más,  con el paso del tiempo ha llegado a convertirse en un auténtico mito y sus protagonistas principales, en leyenda.

            En 1212 no existían Miranda del Rey, Santa Elena, ni La Carolina ni Las Navas de Tolosa, esas localidades se fundaron mucho tiempo después, en el siglo XVIII, cuando el gran  rey Carlos III creó las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena quinientos años después de la Batalla. A muchos lugareños no les gusta nada que diga esto; lo siento por ellos, pero la Historia es la Historia, como la verdad es sólo verdad.

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            Pero el solar que asienta las actuales poblaciones citadas (y que no existían antes) sí es verdad que fue protagonista del enfrentamiento  inevitable entre cristianos y musulmanes. Y en ese espacio bélico, MIRANDA DEL REY tuvo un importante protagonismo: allí estuvo asentado el campamento cristiano, allí se inició la Batalla de las Navas de Tolosa.

 

            Pero llegados a este punto, creo que debemos dejar por un momento estos importantes detalles y adentrarnos en la propia Batalla.

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Detalle del campo de batalla cerca de Miranda del Rey - Foto, Dr. López  Payer

Situación política de la Península Ibérica en el siglo XIII

La fragmentación política a comienzos del siglo XIII era la nota dominante en la situación peninsular. Seis eran los estados que se repartían las tierras ibéricas, cinco reinos cristianos: Portugal, León, Castilla, Aragón y Navarra, más los dominios septentrionales del Imperio Almohade. Las relaciones entre las diversas entidades territoriales no eran precisamente cordiales, no sólo por el llamado fenómeno de la “Reconquista”, sino también por los numerosos conflictos fronterizos que alteraban la paz entre los cristianos.

En enero de 1212, probablemente, el papa Inocencio III recibió al obispo electo de Segovia, que le transmitió todo el dolor por la pérdida de Salvatierra, la decisión del monarca castellano de enfrentarse por fin con los almohades y la petición de socorro cristiano ante tal situación. La respuesta de Inocencio III no pudo ser más generosa, el 31 de enero el Papa escribe al arzobispo francés de Sens y a sus sufragáneos, decretando la remisión de los pecados para todos aquellos que se decidan a participar en la batalla que se prepara. Es decir, el Papa promulga una auténtica Cruzada, equiparable a la que se predica para los Santos Lugares. 

El 4 de febrero, Inocencio III escribe a Alfonso VIII y le comunica su total apoyo a la causa, así como la concesión de la indulgencia, a todos los peregrinos que pasen a España a luchar contra el infiel. Pero también le aconseja que:

"...si lograres treguas convenientes, las admitas hasta que llegue tiempo más oportuno, en que puedas con más seguridad combatirlos"

La reacción del monarca ante esta misiva fue enviar un nuevo embajador a la Santa Sede, esta vez se trataba del obispo electo de Palencia, Tello Téllez de Meneses, que tenía la misión de recabar ayuda pontificia para asegurar las treguas con el resto de monarcas de la Península. Alfonso llega a solicitar el envío de un legado apostólico, cosa que le niega el Papa en su carta del 8 de marzo, apelando a la "inseguridad de los tiempos", metáfora que aludía a la cuestión albigense en el sur de Francia.

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No obstante, Inocencio promete enviar cartas al arzobispo de Toledo y a los obispos de Zamora, Tarazona y Coimbra, uno por cada reino peninsular, conminándolos a prohibir, bajo amenaza de excomunión y entredicho, la ruptura de las treguas con Castilla y la alianza con los musulmanes, especialmente mientras durase la campaña contra los almohades. Casi un mes más tarde, el 5 de abril, Inocencio cumple su palabra enviando una misiva a los arzobispos de Toledo y Santiago, con instrucciones expresas de excomulgar al rey de León, si "presumiese dañar a los cristianos", y de prohibir a sus súbditos "con anatema, que le sigan en esto". Pero lo más interesante de esta epístola es la parte en la que aconseja a los reyes: 

"...se presten mutuo auxilio contra los enemigos de la cruz, que no sólo pretenden la destrucción de España, sino que además amenazan con ejercer su crueldad en otras tierras de cristianos y borrar, si pueden -líbrenos Dios-, el nombre cristiano".

Este párrafo, de apariencia inocente, lleva implícito lo que Martín Alvira Cabrer ha denominado "el desafío del Miramamolín". Es decir, que la Cruzada es la respuesta del pueblo cristiano a la amenaza almohade.

 

Número de contendientes

Aceptando la cifra de 600.000 musulmanes, el ejército cristiano podría estar compuesto por unos 200.000 ó 300.000 combatientes. Sin embargo, remarcar la inferioridad numérica y especificar que los musulmanes eran más del doble, no tiene porqué corresponderse con la realidad y puede ser simplemente una manera de reforzar el providencialismo. Huici Miranda fue de los primeros en abordar seriamente este tema, para él la retirada de los ultramontanos debió reducir en un tercio los contingentes de la Cruzada. Si se retiraron unos 60.000, los dos tercios restantes sumarían 120.000, aunque, finalmente, considerando exageradas las cifras, al igual que las del ejército musulmán, propone como cuantía máxima entre 60.000 y 80.000 soldados para el ejército de Alfonso VIII.

En la actualidad, las estimaciones de efectivos han seguido reduciéndose en aras de la racionalidad. Ya Goñi Gaztambide calculó que los caballeros cruzados serían unos 5.650 y los peones unos 12.000, conformando un total de unos 18.000 hombres, basaba su afirmación en la carta de doña Blanca de la que se desprende que el ejército cruzado no era muy numeroso, pues el primer cuerpo en el orden de ataque estaba formado tan sólo por 300 caballeros. Ruiz Domenech comparando Las Navas de Tolosa con la batalla de Bouvines de 1214, llegó a la conclusión de que los jinetes difícilmente pasarían de 3.500 y los peones no superarían los 7.000, con lo que el ejército cristiano estaría compuesto por unos 10.000 u 11.000 hombres. En Bouvines, Georges Duby calcula que se dieron cita en el campo de batalla 4.000 jinetes y 12.000 peones, un total de 16.000 hombres. Ésta fue una gran batalla que enfrentó a los franceses contra el emperador alemán, Otón de Brunswick. La ganaron los primeros, y en cuanto a las cifras, admite la comparación con la de Las Navas. 

Estudios más recientes como el del Dr. Carlos Vara, siguen en la misma línea de reducción de los efectivos de ambos bandos. En este caso, el criterio ha sido calcular el número de tiendas de campaña que podría albergar la Mesa del Rey, emplazamiento tradicional del campamento cristiano antes de la Batalla. Esta mesa tiene una superficie de 2’5 Ha. Si una tienda de 20 cuerdas ocupa 113 m. cuadrados el total de tiendas sería de 1.573, con una capacidad estimada para 20 personas, lo que haría que el saldo máximo de cristianos fuera de 12.120 soldados acampados. Atendiendo a estos cálculos, el ejército musulmán difícilmente superaría los 20.000 hombres.

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Inicio de las hostilidades

El viernes, 13 de julio de 1212, por la mañana y tras invocar el nombre del Señor, según Ximénez de Rada, el grueso del ejército cristiano en el que marchaban los tres reyes comenzó la subida a Sierra Morena. Al llegar a la cumbre del Muradal y según el testimonio del arzobispo de Narbona, como a una o dos leguas, se veían las tiendas de los musulmanes, lo cual significaría que el campamento almohade estaba situado a una distancia de entre 5 y 10  kilómetros con respecto a la cumbre, es decir, estaría emplazado sobre la actual localidad de Santa Elena como se admite tradicionalmente.

            Cuando los musulmanes vieron a los cruzados instalar sus tiendas en la pequeña explanada del Muradal, abandonaron con presteza Castro Ferral que pasó a manos cristianas ese mismo viernes. Ya en la misma cima del puerto comenzaron las primeras escaramuzas, produciéndose algunas bajas por ambos lados, cayendo algunos cristianos que se habían alejado un poco del campamento. Los musulmanes luchaban para impedirles el aprovisionamiento de agua, sin embargo los caballeros de Vienne y del Poitou lograron defender la posición y el abastecimiento. Estas escaramuzas, saldadas con varios muertos, pudieron ser bastante más sangrientas de lo que nos narra el arzobispo de Toledo cuyos datos ya estamos acostumbrados a interpretar con cautela. La prueba de estas bajas, la tenemos en dos topónimos al sur de Castro Ferral que aparecen en un viejo plano de 1932: el cerro de Las Calaveras y el collado de Las Matanzas.

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Este mismo día, al-Nasir llegó con el resto del ejército y plantó su llamativa tienda roja a la vista  de los cristianos. Según Rodrigo Ximénez de Rada, la estrategia de al-Nasir no era la de enfrentarse directamente al ejército cruzado, por el gran número de refuerzos extranjeros que acompañaban al monarca castellano. Sin embargo, a raíz de la deserción de los ultramontanos y tras recibir la noticia de algunos espías situados en el ejército de Alfonso VIII que le informaron sobre los problemas de avituallamiento de los cristianos, al-Nasir, "recobrada la osadía", decidió acudir con su ejército que estaba concentrado en las montañas de Jaén capital.

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    Al-Nasir

A partir de este momento, el ejército cristiano se enfrenta con un grave dilema: ¿Por dónde descender para entablar la batalla? Desde su posición en Castro Ferral tenían que atravesar el paso de la Losa, desfiladero de gran estrechez, custodiado por un destacamento musulmán. Para conocer la dificultad que entrañaba el paso por el mismo, nada mejor que reproducir los comentarios de dos de los testigos presenciales: en palabras del arzobispo de Toledo, el tránsito por allí incluso se hacía:

"...dificultoso para los equipados a la ligera... imposible sin quebranto",

Y el rey castellano indica que era tan escabroso:

"...que mil hombres podían defender a cuantos hombres hay debajo del cielo".

La situación del paso de la Losa es un tema complejo y está lejos de ser concluido definitivamente. Su etimología, de origen latino, hace referencia a una "cerrada" (Clausa<Lausa<Losa), aunque también se ha derivado la palabra Losa del vocablo lausia, laja. El paso de la Losa ha sido situado, según esta etimología, en el único paraje cercano en el que hay lajas, en el actual paso de Despeñaperros. Sin duda este paso que, aún hoy en día nos resulta impresionante, se acomoda bien a lo descrito en las crónicas en cuanto a estrechez y dificultad. En el siglo XIII debía ser más abrupto todavía, recordemos que el paso actual fue abierto en el siglo XVIII por el ingeniero Le Maur.

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El inconveniente que plantea esta identificación es que Despeñaperros no se encuentra al pie del castillo de Castro Ferral, pues de la descripción de los testigos presenciales se deduce que  el paso de la Losa estaba al pie de dicho castillo. Para solventar este problema se hace alusión a la existencia de un castillo que controlaba el paso de Despeñaperros, de este castillo sólo quedaría huella en el Mapa Topográfico Nacional, en lo que se denomina “Cerro del Castillo”, junto al Collado de los Jardines. Nuestro conocimiento exaustivo de la zona nos lleva a concluir que nunca existió un castillo en el mismo puerto de Despeñaperros y que lo que se denomina “castillo” son en realidad restos prehistóricos. 

            Bajando por el camino del Muradal que custodia Castro Ferral,  se encuentra, cerca ya de Santa Elena, otro lugar que ha sido propuesto como paso de la Losa, se trata del barranco existente en la confluencia de los arroyos de los Charcones y de los Castaños. Aunque, es innegable que se trata de un paraje escarpado, su situación tan próxima a Santa Elena lo descarta como paso de la Losa. No parece lógico que los cristianos quisieran recorrer totalmente el camino del puerto del Muradal para salir al propio campamento musulmán en Santa Elena. Antes bien, debían ir buscando un lugar apropiado para trabar combate, un terreno adecuado para la misma y un campamento que dominase el campo de batalla. El lugar idóneo para el campamento era, sin duda, la Mesa del Rey, a cuyos pies se extienden los llanos de Miranda del Rey y de Las Américas, único terreno apto para entablar una batalla con un despliegue ordenado de haces. Por tanto, nuestra hipótesis es situar el paso de la Losa, más próximo a Castro Ferral.

Así pues, los cristianos desisten de atravesar el paso de la Losa porque unos pocos musulmanes bastaban para defenderlo y además debían abandonar Castro Ferral y la cima del Muradal por la aridez del paraje y la falta de agua. En la tienda del rey castellano se convoca una junta para deliberar, a ella asisten los tres reyes, los arzobispos de Toledo y Narbona y los notables de cada reino. Unos opinaban que cada cual debería volver a su tierra, otros aconsejan a Alfonso VIII abandonar la posición descendiendo hacia La Mancha para buscar otro paso más seguro a dos o tres jornadas de distancia. Pero el Rey no quiso seguir este consejo:

"...eligiendo antes en la dificultad del paso morir por la fe",

Temía el monarca que "los civiles y demás profanos" creyeran que daban marcha atrás y se produjera la desbandada en el ejército, según nos relata el arzobispo de Toledo. Al atardecer se disolvió la junta sin llegar a ningún acuerdo. Sólo permaneció con Alfonso VIII en su tienda, el adalid aragonés, García Romero. 

Es entonces, en este mismo día, cuando ocurre uno de los hechos míticos que se sitúan en torno a la Batalla, la aparición de un pastor, Martín Halaja, que ayuda al ejército.  Su inestimable mérito fue el de indicar a los cristianos un camino accesible para franquear la cordillera y llegar sin problemas hasta los musulmanes. Rodrigo Ximénez de Rada describe su llegada al campamento. Alfonso VIII, apenas habla de él en su carta al Papa y el arzobispo de Narbona ni siquiera menciona al pastor.

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El Pastor Mozárabe Martín Alhajar

De lo que no hay duda, es del carácter providencial de su aparición para el buen desenlace del conflicto. El pastor indica al ejército el camino hacia un paso de la Sierra por donde podrán cruzar con tranquilidad, el puerto del Rey, situado a la izquierda del paso de la Losa para los musulmanes y que no era vigilado por los mismos.

Sin embargo, los Reyes, antes de fiarse plenamente del consejo del pastor, se cercioran de su seguridad enviando para explorarlo a  Diego López de Haro, por la parte castellana, y a García Romero, por la aragonesa. La senda por donde les llevó el pastor les condujo hacia otro de los pasos naturales de Sierra Morena, el puerto del Rey, emplazado en lo que años más tarde se conocería como Camino Real.

Otro de los temas controvertidos para los estudiosos de la Batalla es cuál fue la senda por donde les condujo el pastor. Hay quien opina que el camino seguido por los cristianos para desembocar en el puerto del Rey fue la cuerda o cordel de las cumbres. Sin embargo, pese a que debía ser un camino practicable, si el ejército cristiano lo hubiera recorrido los musulmanes se habrían percatado de sus movimientos, y se hubiera eliminado el factor sorpresa del que hablan las crónicas, pues los enemigos pensaban que los cristianos retrocedían y se retiraban. El testimonio del arzobispo de Narbona es el más revelador para situar dicha senda:

“...dimos como un rodeo por otra parte, pasando por sitios arduos y abruptos.”

 Tras haber recorrido esa parte de la Sierra, contrastando nuestras observaciones con las fuentes, hemos llegado a la conclusión de que es muy difícil establecer cuál pudo ser el sendero por donde les llevó el pastor. Como hipótesis podríamos apuntar la posibilidad que ofrece el camino de la Umbría, este camino viene representado anónimamente en el mapa 1:10.000 y no figura en el Mapa Topográfico Nacional a escala 1:50.000, pero dentro del Parque de Despeñaperros se conoce como camino de la Umbría del Monte MagañaSi no fue por este mismo camino pudo ser por una senda situada en una cota próxima.

Los experimentados magnates atravesaron el puerto del Rey y, bajando por el camino homónimo, llegaron a una alta colina con forma amesetada que pasaría a ser conocida como la Mesa del Rey. La vanguardia castellana y la aragonesa instalaron sus tiendas sin dificultad en aquella ventajosa posición, donde el agua no era escasa pues el arroyo del Rey discurre por el lado oriental de la misma. Además de existir varias fuentes según hemos comprobado en nuestras exploraciones.

La Crónica de Castilla y Argote de Molina aportan el dato de que la cuesta que les indicó el pastor era conocida como la senda del Emperador, por haber pasado por ella Alfonso VII. Ciertamente ese camino debía utilizarse también para cruzar Sierra Morena aunque los exploradores del ejército cristiano no lo tomasen en primer lugar, quizás por estar vigilado antes de cruzar por el Muradal. 

Las horas previas a la Batalla

El sábado, 14 de julio, muy de mañana, cruzan los tres reyes la Sierra a través del paso indicado por el pastor con objeto de instalarse también en la Mesa del Rey. La Crónica de Castilla señala que al abandonar los cristianos Castro Ferral lo dejaron derribado. Aunque estratégicamente tiene sentido, es  poco probable que apremiados por la situación se entretuvieran en hacerlo antes de la Batalla, aunque quizás lo hicieron después.

Desde la Mesa del Rey, los cristianos se encontraban con que el ejército almohade estaba situado justo en frente, probablemente en el cerrillo de Las Viñas, muy cerca de donde se emplazarían Los Palacios y Santa Elena después.

Los musulmanes que, al ver a los cristianos abandonar el paso de la Losa creyeron que se retiraban, recuperaron con gran alegría la posición en Castro Ferral. Sin embargo, cuando les vieron surgir por el puerto del Rey acudieron a su encuentro y comenzaron a hostigarles con lanzas y saetas para impedir que subiesen a la Mesa del Rey. Las columnas cristianas marchaban en ala a causa de lo escarpado del camino, pero aún así consiguieron repeler el ataque enemigo y defender el campamento en el llano de la Mesa del Rey. De este modo, los cruzados pudieron tranquilamente instalar el real.

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Lucas de Tuy en su Cronicon Mundi atribuye a los musulmanes la siguiente estratagema: para dificultar el acceso a la Mesa del Rey los musulmanes hicieron fuego con zarzas y matorrales de manera que el humo les perjudicase en la subida, pero milagrosamente el viento cambió de dirección y los perjudicados por el humo fueron ellos.

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Mesa del Rey desde el Norte, Campo de Batalla y Vilches al Sur – Foto Dr. López Payer

Leyendas al margen, los almohades debieron comprender la inutilidad de seguir custodiando el paso de la Losa y se aprestaron para la Batalla. Al-Nasir desplegó sus tropas en orden de combate,  subió a una abrupta colina, probablemente el cerro de Los Olivares  y dispuso a sus soldados en el campo a izquierda y derecha del mismo. Los almohades mantuvieron esta formación desde la hora sexta hasta la de vísperas, es decir, hasta el atardecer, pero los cristianos no respondieron a la invitación por expresa orden de los Reyes.

El domingo, 15 de julio, los musulmanes intentaron de nuevo comenzar las hostilidades. Pero los cristianos repelieron los ataques gracias a los arqueros y a las catapultas que habían instalado en La Mesa. La ofensiva musulmana sobre el campamento cristiano debió ser bastante intensa a juzgar por la gran cantidad de puntas de flecha y lanzas clavadas en la falda de la mesa que hemos encontrado en nuestra prospección. Al-Nasir volvió a desplegar sus tropas en orden de batalla hasta la hora de nona, es decir, hasta después de medio día. Esta vez su parada tuvo mayor magnificencia que la del día anterior ya que hizo traer desde el campamento su qubba o lujosa tienda roja que era insignia de realeza. Ximénez de Rada justifica el traslado a causa del intenso calor de la jornada, ya que bajo la tienda podría refugiarse el Califa de los rayos del sol. La reina doña Berenguela, en la carta a su hermana doña Blanca, indica que la tienda del Califa hubo de ser retirada porque estaba demasiado cerca de los proyectiles que lanzaban los cristianos. Tampoco ese día Alfonso VIII se aprestó al combate, con gran prudencia dejó descansar a las tropas un día más postergando la batalla para la jornada del lunes:

"...porque las gentes, è los cavalleros eran muy cansados de los graves montes que avian passado".

Todo ello no impidió que se produjeran duelos o torneos entre los caballeros de ambos bandos, pues los musulmanes los provocaban atacando la retaguardia del campamento. Estos duelos se producían al estilo árabe, con lanzas o cañas, según comenta  el arzobispo de Narbona. 

Por otro lado, la jornada del domingo no iba a servir sólo de descanso sino también de observación del enemigo. La extensión del campo de batalla permitía el cómodo despliegue de las tropas. Los nobles ultimaban el plan de ataque diseñando la composición y el orden de las líneas del ejército, mientras que los prelados, incluido el arzobispo de Toledo, preparaban a los soldados con sus prédicas infundiéndoles ánimos, otorgando el perdón y realizando unciones para cada milicia y séquito. Las gentes además se ocupaban de alimentar a los animales y poner a punto las monturas y los equipos. Esta jornada fue la que aprovechó el rey aragonés, Pedro II, para armar caballero a su sobrino, Nuño Sánchez.

Cansado de esperar a los cristianos, el monarca almohade se retiró del campo ya avanzada la tarde, volviendo a su campamento. Según el arzobispo de Toledo, el Califa había interpretado la negativa a entablar combate como producto del miedo, de manera que, al-N~sir ya se daba por vencedor:

"...y por ello envió cartas a Baeza y Jaén anunciado que había copado a tres reyes que no aguantarían más de tres días."

Aunque esta opinión, según nos comenta Rodrigo Ximénez de Rada, no era compartida por todo el ejército musulmán, pues los más avezados en el arte de la guerra advirtieron al Califa de su error, ya que era evidente que los cristianos no se preparaban para huir sino para combatir. Toda esta información llegó a conocimiento de los cristianos después de la Batalla por el testimonio de algunos prisioneros.

 

LA BATALLA

El lunes 16 de julio, de madrugada, estallan los gritos de júbilo y de llamada a la confesión por todo el campamento cristiano. Los prelados comenzaron a decir misas y los soldados a recibir los sacramentos de la Confesión y de la Eucaristía. No podemos olvidar que las batallas medievales son una ordalía, un juicio de Dios, como muy bien ha señalado Duby en su estudio sobre una batalla casi contemporánea, la ocurrida en Bouvines en 1214. Los cristianos tienen que purificarse antes del combate si quieren convertirse en "el ejército del Señor" y que la Divinidad esté a favor de su causa para obtener la victoria. Por eso, a la hora en la que Cristo venció a la muerte, después de la media noche y antes de que saliera el sol, como un acto litúrgico más, los peones y escuderos empezarían el trajín de vestir y armar a los caballeros y a sus monturas. La Crónica latina nos dirá que los combatientes se fortalecían al imponer sobre sus pechos el signo de la cruz y que corrían alegres a la Batallacomo si hubieran sido invitados a un banquete.

Tras fortalecer el espíritu había que procurar el alimento del cuerpo. La II Partida nos informa puntualmente del tipo de comida que debían tomar los combatientes antes de la lucha. Tenían que desayunarse con “carnes recias” y “viandas gruesas” que no les llenasen mucho, pero que les diesen la suficiente energía para luchar todas las horas que durase la batalla. En cuanto a la bebida, la principal preocupación era atajar la sed, por ello solían beber un vino muy aguado que “no les estorbase el entendimiento”, aunque mejor que el vino, en verano era el vinagre muy aguado que evitase los golpes de calor.

De este modo, antes de que despuntara el día y mucho antes de que calentase el sol, todo estaba preparado para comenzar la lid.

Estrategia y orden de combate

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            El orden de la Batalla es un tema controvertido. Entre los testigos presenciales sólo Ximénez de Rada se detiene a explicar el número de cuerpos o haces en el que se había dividido el ejército, así como sus líneas internas. Ni el Rey ni Arnaldo de Narbona se entretienen en este asunto. En cambio, en la historiografía posterior es frecuente encontrar relaciones muy detalladas de cada haz y de sus componentes, aunque se presenten contradicciones y ambigüedades.

Según los datos de los que disponemos, el ejército cristiano se dividió siguiendo un esquema tripartito, formando tres haces o columnas de combatientes. Tres columnas, una por cada reino participante en la contienda. El haz central estaba compuesto por los castellanos, el lateral izquierdo por los aragones y el lateral derecho por los navarros. Ese esquema es, sin embargo, un poco más complejo. A su vez, cada haz estaba dividida en tres líneas: vanguardia, media y retaguardia. La media por razones tácticas se subdividía en dos, de esta forma se articulaba mejor, las órdenes podían seguirse con mayor prontitud y permitía el envolvimiento del enemigo al tener dos comandantes. La retaguardia o zaga no solía emplearse al principio y se guardaba como refuerzo.

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            De este modo, la columna castellana o haz central se estructuraba de la siguiente forma: una vanguardia comandada por el adalid, Diego López de Haro. A ella estaban adscritos los miembros de la casa de Haro y parientes, a saber, Diego López de Haro con su hijo Lope, y sus sobrinos Sancho Fernández y Martín Muñoz entre otros nobles castellanos. Además, en esta vanguardia se había colocado al concejo de Madrid. La línea media geminada estaba dirigida por el conde Gonzalo Núñez de Lara y por Ruy o Rodrigo Díaz de los Cameros respectivamente. Al conde Gonzalo Núñez de Lara le acompañaban, nada más y nada menos que las órdenes militares del Temple, del Hospital, de Santiago y de Calatrava, y la Crónica de Castillale añade la unión de los concejos de Cuenca, Huete, Alarcón y los restantes hasta la frontera, excluido el de Toledo. A su lado, como “costanera” o línea colateral a este núcleo, se encontraba  Ruy Díaz de los Cameros acompañado de su hermano Álvaro y de Juan González entre otros, más los concejos de Soria, Almazán, Atienza, San Esteban de Gormaz, Berlanga, Ayllón y Medinaceli. En la retaguardia se situaba Alfonso VIII con el arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada, el resto de los obispos y algunos nobles importantes como Gonzalo Ruíz Girón y sus hermanos, Nuño y Rodrigo; Rodrigo Pérez de Villalobos, Suero Téllez, Fernando García y su alférez, Álvaro Núñez de Lara. En cuanto a las milicias concejiles, se ubicaban junto al Rey las de Toledo, Valladolid, Olmedo, Arévalo, Cuellar, Coca, Plasencia y Béjar.

En cuanto a Pedro II, dirigía el contingente que se situaba a la izquierda de don Diego López de Haro y sus soldados siguieron un modelo de despliegue parecido. Una vanguardia comandada por García Romero, una segunda línea también geminada dirigida por Jimeno Cornell y Aznar Pardo y, por último, la tercera línea en la que iba el propio Rey. Además, el contingente aragonés había sido reforzado con la incorporación de parte de las milicias castellanas. La carta de doña Berenguela a su hermana doña Blanca informa de que Alfonso VIII había reforzado a los aragoneses con tres escuadrones de 30 hombres. 

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   Finalmente, Sancho VII con sus caballeros se había situado a la derecha de Alfonso VIII y en su columna marchaban las milicias concejiles de Segovia, Ávila y Medina del Campo, por mandato expreso del rey castellano según nos ilustra la Crónica de Ávila. También en la carta de doña Berenguela a su hermana se nos dice que el rey navarro había reforzado sus líneas con otros tres escuadrones de 30 castellanos. Además, hay quien afirma que en el ala comandada por Sancho VII se encontraba Alfonso Téllez de Meneses como caudillo de los voluntarios de Portugal, ya que este noble castellano estaba casado con doña Teresa, hija del anterior rey portugués, Sancho I.

En cuanto a la disposición de los musulmanes para el combate,  la forma clásica de disponer las líneas era la siguiente según nos transmite un andalusí del siglo XII:

            “Por lo que al modo de resistir el choque se refiere hay una excelente táctica que observamos en nuestro país, y es la más eficaz de cuantas hemos puesto en práctica en la lucha con nuestros enemigos; consiste en poner en primer término a los infantes con escudos completos, lanzas largas y dardos agudos y penetrantes. Formaban sus filas y ocupaban sus puestos, apoyando las lanzas en el suelo a sus espaldas, con las puntas enfiladas hacia el enemigo. Ellos se echaban a tierra, hincando cada cual su rodilla izquierda en el suelo, y se ponían ante sí el escudo levantado. Tras ellos se colocan los arqueros escogidos, aquellos cuyas flechas traspasan las cotas de malla, y detrás de éstos la caballería. Al cargar los cristianos contra los musulmanes ninguno de los infantes se mueve de la posición en que se encuentra, ni nadie se pone de pie, y así que el enemigo se aproxima, lanzan contra él los arqueros sus flechas, y los infantes los dardos, y los reciben con las puntas de las lanzas hacen después frente a derecha e izquierda y sale la caballería musulmana por entre arqueros e infantes, y consigue contra el enemigo todo cuanto Dios quiere.”

En Las Navas, sabemos que la vanguardia estaba formada por los andalusíes, el cuerpo central por las tropas almohades y, a derecha e izquierda de éstos, se situaban los jinetes árabes que no guardaban formación durante la batalla sino que realizaban ataques para luego huir y en la misma huida revolverse de nuevo hacia el enemigo con objeto de romper sus líneas. Eran especialmente temidos, por su habilidad en el lanzamiento de flechas, los mercenarios agz~z. En la retaguardia, en medio de un cabezo o colina más elevada se había situado al-Nasir; entre todos los cerros que rodean el llano de Las Américas, el único que supera los 800  metros es el cerro de Los Olivares y éste debió ser el emplazamiento escogido por el Califa para presenciar la Batalla, ya que se encuentra a algo menos de tres kilómetros de la Mesa del Rey

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            Según la leyenda, al-Nasir se había instalado en su famoso palenque, también denominado corral en numerosas crónicas, es decir, en un terreno acotado por una especie de empalizada que habían realizado sus soldados. De entre los testigos, el único que lo describe es Ximénez de Rada. Este parapeto se había realizado con los escriños o canastas de paja en las que se transportaban las flechas. Ni el Rey, ni el arzobispo de Narbona describen este palenque legendario, sólo refieren que donde estaba el Califa había un haz fuertemente armada. No debemos olvidar que, mientras Alfonso VIII  y Arnaldo Amalarico dan su versión de los hechos ese mismo verano de 1212, el arzobispo de Toledo escribe su relato por lo menos veinte años después. Conforme pase el tiempo, la escena del fortín de al-Nāsir se adornará más y más, como veremos al analizar los mitos. Lo más probable es que el palenque con toda su parafernalia de negros, camellos y cadenas sea producto de la imaginación de nuestros cronistas.

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Así mismo, el arzobispo de Toledo nos transmite que al-Nasir se había vestido para la Batalla con una alquifara o capa negra perteneciente al primer califa almohade, ‘Abd al-Mu’min y que cerca de sí había colocados una espada y el magnífico ejemplar del Corán, adornado con piedras preciosas que ya mencionamos al hablar de la expedición almohade.

Según parece, los musulmanes se habían instalado rodeando el llano de Las Américas. Los andalusíes y los árabes estarían colocados en las colinas que bordean el llano como son Los Cimbarrillos, el cerro del Tío Silverio y el de Los Palacios.

El señor de Vizcaya tenía sobre él una grave responsabilidad, la de no defraudar en el campo de batalla y reparar una actuación no muy lucida en la batalla de Alarcos. Por ello, algunas crónicas como la de Castilla y la de Veinte Reyes reproducen un sabroso diálogo entre don Diego y su hijo, Lope Díaz, justo antes del combate en el que el hijo amonesta al padre de la siguiente manera:

"Don Diego, pido vos commo a padre e a señor, que pues el rey vos dio la delantera, que en guisa fagades commo non me llamen fyjo de traydor, e mienbrevos el buen prez que perdistes en la de Alarcos, e por Dios queredlo oy cobrar. Ca en este dia podedes fazer enmienda a Dios sy en algund yerro le caystes".

Ante semejante petición, el señor de Vizcaya responde enfadado, aludiendo a su casquivana primera mujer, que fue la madre de Lope Díaz: 

"Llamar vos han fy de puta, mas non fy de traydor, en tal guisa obrare. Yo fyo en la merçed de Dios, mas yo vere en qual guisa guardarodes padre e señor en este lugar". 

Conciliador, Lope, besa la mano de su padre.

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 Señorío de Vizcaya 

Las tropas cristianas bajaron de la Mesa del Rey probablemente por las Cañadillas del Calvario, un arroyo que parte de la Mesa en dirección SE. y que se muestra como el mejor camino para los caballos. La vanguardia, dirigida por Diego López de Haro, comienza el ataque. Pasando las Asperillas se inicia el enfrentamiento. Los cristianos se dirigen hacia algunas colinas donde se encuentran los musulmanes y para sorpresa de la vanguardia castellana, el primer haz de soldados enemigos huye sin enfrentárseles. Era la vanguardia formada por las tropas andalusíes que huyeron sin esperar al enemigo. Los cristianos comenzaron a perseguir a los fugitivos y, probablemente, el primer cuerpo que se encontraron preparados para el  combate,  ya en el llano de Las Américas, debió ser el de los voluntarios andalusíes dispuestos a morir por su fe.

Como se recordará entre estos voluntarios estaban bastantes intelectuales, poco hábiles en el manejo de las armas y algunos de edad muy avanzada, que fueron masacrados fácilmente. Tras acabar con los voluntarios, los cristianos siguieron su avance hasta chocar con las tropas almohades y árabes, llegando a la falda del cerro de Los Olivares donde estaba el grueso almohade y el propio al-Nasir en su campamento. Suenan los tambores musulmanes con gran estruendo, según la costumbre bereber, y comienza la auténtica Batalla. Los cristianos intentan subir el cerro pero la pendiente juega en su contra, agotados por la subida, son repelidos con gran vigor. 

 La Crónica de Castilla nos dice que don Diego López de Haro estaba en un gran apuro, sólo tenía consigo unos quinientos caballeros pero, aún así, no conseguían los musulmanes que retrocediera.

En estos momentos del combate, la vanguardia cristiana no puede avanzar y por detrás se les unen con fuerza  los cuerpos centrales de Castilla y Aragón, provocándose un gran desconcierto por la aglomeración de los soldados. Doña Berenguela expresa que la primera línea fue comprimida contra la segunda por su parte central. La confusión se traduce en pánico. El polvo es tan denso que no se aprecian bien las enseñas. Algunos cristianos vuelven la espalda, Arnaldo Amalarico dice que son los serranos de Castilla, en concreto se trataba del concejo de Madrid, pero su enseña con el oso prieto en campo blanco es confundida con la de Haro que lleva dos lobos negros en campo blanco. Alfonso VIII, indignado por la supuesta cobardía de su adalid, pronuncia la famosa frase dirigida a Ximénez de Rada: 

"Arzobispo, muramos aquí vos y yo".

El arzobispo de Narbona lo interpreta como un castigo de Dios:

"Esto sucedió para reprimir la soberbia de los nuestros y para que al ver a nuestros soldados armados no nos atribuyésemos la victoria a nosotros, o a nuestras armas y caballos, que abundaban en nuestro ejército y escaseaban mucho en el de los sarracenos, sino que la atribuyésemos a Nuestro Señor Jesucristo y a la cruz,"

Sin embargo, según una tradición posterior, un tal Andrés Boca, de Medina del Campo, saca al Rey de su error, diciéndole que no son los fijosdalgo los que huyen sino los villanos de Madrid. El monarca castellano está decidido a emplear la retaguardia. En apoyo de las primeras líneas acuden Gonzalo Ruiz de Girón y los suyos. Según la Crónica de Castilla, a don Diego sólo le quedan cuarenta caballeros. El Rey quiere ir también aunque alguno de los suyos, como Fernando García, le aconsejan que retrase ese momento. No obstante, hacia el mediodía según el testimonio de doña Berenguela, su padre se decide a cargar personalmente contra los almohades.

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                                       Pendón Almohade siglo XII                            Escudo Casa de Lara siglo XII  

El pendón de Castilla, llevado por el conde Álvaro Núñez de Lara, se metió en lo más recio de la Batalla e, incluso, la cruz del arzobispo de Toledo, cruzó las filas musulmanas llevada por el canónigo Domingo Pascual sin sufrir ningún percance. Los musulmanes intentaron derribar ambas insignias con piedras y flechas pero sin éxito.

La destrozada vanguardia cristiana y el cuerpo principal del ejército cristiano recibe en esos momentos el apoyo de las tropas de refresco que habían mantenido los Reyes consigo. Esta acometida hará mella en la confianza de los musulmanes que empiezan a ceder terreno, tanto que los cristianos llegan al real donde estaba el califa almohade. 

Al-Nasir, entonces, ordena tocar retirada y él mismo decide huir. Según Ximénez de Rada, huye con cuatro jinetes a toda prisa, por consejo de su hermano Zeyt Avozecri o Cid Alazari, según el Rey con unos pocos de los suyos.

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 Algunos historiadores árabes dramatizan este momento en sus crónicas, por ejemplo, al-Himyar§ dice que el caballo del Califa era corpulento y, un árabe, bajándose del suyo, le ofreció su montura para que pudiera huir más rápido. Ibn Ab§ Zar‘, que es más imaginativo, recrea la tensión de estos momentos, sitúa a al-Nasir sentado sobre su escudo, delante de su tienda mientras contempla impasible la matanza de sus guardias, al tiempo que pronuncia la enigmática frase: 

"Dios dijo la verdad y el demonio mintió" 

Entonces un árabe descabalga de su montura, se dirige a él y le dice: 

"¿Hasta cuándo vas a seguir sentado? ¡Oh, Príncipe de los creyentes!, se ha realizado el juicio de Dios, se ha cumplido su voluntad y han perecido los musulmanes".

Tras escucharle, al-Nasir se levanta y el árabe le ofrece su yegua mientras le dice: 

"Monta en ésta que es de pura sangre y no sufre ignominia; quizás Dios te salve con ella porque en tu salvación está nuestro bien". 

Al-Nasir monta la yegua que le ofrece este personaje y, con él y un destacamento de guardias negros, huye a galope tendido perseguido por los cristianos.

Al-Himyar§ nos ilustra cómo los cristianos se lanzaron hacia donde estaba el pendón real que era custodiado por Abã Bakr b. Ab§ Hafs, pensando que al-Nasir se encontraba allí.

En su huida, al-Nasir se dirige, primero a Baeza, después a Jaén y por último a Sevilla. Arnaldo de Narbona indica que al-Nasir, presintiendo la derrota, había enviado por delante la noche anterior sus enormes riquezas en mulos y camellos.

Parece importante que el ejército cristiano se considerase mejor pertrechado que el musulmán, ya lo dice el arzobispo de Narbona, los caballos y las armas abundaban entre los cristianos y escaseaban entre los musulmanes. Al menos, este hecho les compensaba psicológicamente por su supuesta inferioridad numérica. Quizás fuera esta apreciación positiva la que consiguió que la retaguardia cristiana, con los tres reyes, se mantuviera firme, infundiendo valor a las milicias concejiles y consiguiendo que algunos efectivos que habían huido volvieran al combate. Tras una durísima lucha, los cristianos consiguen desbaratar el haz principal del ejército almohade.           

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La desbandada entre los almohades se generaliza, y comienza el canto de alabanza del Te Deum Laudamus, te Deum confitemur. Este canto de gratitud al Altísimo se convierte en la culminación del ritual litúrgico de la Batalla. Terminado el Te Deum, las fuentes exponen que se inició la persecución de los fugitivos por parte de los cristianos.

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Persecución que duraría hasta la noche, a lo largo de cuatro leguas, y que se convertiría en una atroz carnicería en la que sobresalieron los aragoneses. Ibn Ab§ Zar explica el degüello en la negativa de los cristianos a hacer prisioneros, poniendo en boca de los heraldos de Alfonso VIII:

"Matad y no apresad; el que traiga un prisionero será muerto con él". 

La  Crónica de Veinte Reyes hace partícipes de la persecución a los reyes de Aragón y Navarra y a la mayor parte de los cristianos que cruzarían el Guarrizas llegando cerca de Vilches. Mientras tanto, los castellanos se dirigen a los cerrillos de las Viñas y Alfonso VIII se apodera del campamento musulmán. Ximénez de Rada describe de forma muy expresiva cómo el ejército cristiano avanza en dirección a la futura Santa Elena: 

"...el campo de batalla se encontraba tan atiborrado por el desastre de los agarenos que, incluso con los más poderosos caballos, nos costaba trabajo pasar sin problemas sobre sus cadáveres."  

Tras el regreso de los cristianos que habían salido en persecución de los enemigos, la Crónica de Veinte Reyes relata una anécdota: Pedro II traía un golpe de lanza en el pecho que hacía aflorar el algodón de su perpunte, pero no había sido herido porque no había alcanzado la carne, ante lo cual Alfonso VIII le dijo:

"Cormano, sabor avía que en vos ese golpe dio de non criar rrey". 

Una vez ocupado el campamento enemigo, se encontraron tan gran cantidad de armas, básicamente saetas, lanzas y cuadrillos o flechas que según el arzobispo de Narbona: 

"...dos mil acémilas no bastarían a llevarlas." 

La mayoría de las tiendas habían sido tiradas por los suelos y muchas lanzas habían sido quebradas por los musulmanes que, ante la imposibilidad de llevárselas, las abandonaban así para que el enemigo no se beneficiara de ellas. También fueron halladas gran cantidad de vituallas y monturas, especialmente mulos y caballos. En cuanto al botín de objetos de valor, no fue menos cuantioso que el de armas, según nos describe esta vez el arzobispo de Toledo: 

 "...los que quisieron pillar encontraron muchísimas cosas en el campo, esto es, oro, plata, ricos vestidos, atalajes de seda y muchos otros ornamentos valiosísimos, y además mucho dinero y vasos preciosos, de los que en su mayor parte se apoderaron los infantes y algunos caballeros de Aragón."  

Ximénez de Rada hace esta última apreciación para destacar que sólo los infantes y algunos caballeros de Aragón infringieron la prohibición de saquear el campo so pena de excomunión. Esta medida había sido tomada por el mismo Arzobispo la víspera del combate. Los caballeros aragoneses escapaban a su jurisdicción eclesiástica. Pero no debieron ser los únicos en caer en la tentación de rapiñar. Por supuesto, las milicias concejiles debieron hacer oídos sordos a este anatema, pues el botín era uno de los estímulos más fuertes para hacer la guerra.

Los fueros recogen como los cuadrilleros debían inventariar las ganancias obtenidas, con ellas se indemnizaría a los heridos, familiares de los muertos y las pérdidas de armas y de animales habidas en la Batalla; así mismo, se pagarían los estipendios regulados para cada uno de los cargos de la hueste concejil y se procedería al reparto entre los guerreros. El Rey, en abierta contradicción con Ximénez de Rada, relata en su carta al Papa que cada uno tomó lo que se le antojó, debido a la escasez que había pasado el ejército cristiano, atravesando una región tan árida en su camino y que, aún así, no pudieron llevarse todas las cosas de valor del campamento almohade.

La historiografía tradicional quiere que Diego López de Haro sea el designado para repartir el botín, entregándolo todo a navarros y aragoneses y dejando para Alfonso VIII sólo el honor de la victoria. A su vez, como recompensa, don Diego solicitará al Rey la restitución de la villa y el privilegio de puerto de la villa de Santoña a la iglesia de Nájera, pero se trata tan sólo de una recreación legendaria. La realidad es que como recompensa don Diego recibió la villa de Durango a finales de ese año.

Entre el botín capturado destacaba la tienda de seda carmesí de al-Nasir y el estandarte califal. El destino de ambos trofeos sería Roma, en calidad de regalos a Inocencio III, tal y como nos trasmite Ricardo de San Germán. No obstante, las fuentes no coinciden en quién fue el autor del regalo. Existe una tradición que defiende que la tienda y estandarte fueron entregados por Alfonso VIII a su amigo Pedro II y que éste los envió a Roma. Otros escritores, sin embargo, presentan al rey castellano como el autor directo de la donación a la Santa Sede. 

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         Pedro II de Aragón 

Los cruzados pernoctarán dos noches en el solar del antiguo campamento enemigo antes de seguir avanzando, el tiempo necesario para que los servidores transportaran al nuevo campamento todos los enseres que habían sido abandonados antes de la Batalla en la Mesa del Rey, se inventariase el botín y los soldados recuperasen las fuerzas. En esos dos días se quemaron gran cantidad de lanzas y flechas musulmanas, las que estaban rotas naturalmente, porque las que estuvieran en buen estado serían aprovechadas por los cristianos.

La cuestión de las bajas

Uno de los aspectos más sorprendentes cuando se estudia esta Batalla, es el hecho de que las cifras proporcionadas sean espectaculares e increíbles, sobre todo en cuanto al número de combatientes musulmanes, como ya vimos. Así mismo, cuando se comparan las cifras de fallecidos en el combate para cada bando, la proporción no puede recibir otro calificativo que la de fantástica. Mientras que el número de bajas musulmanas es espeluznante, salvo por el contrario el de las cristianas es sencillamente milagroso e imposible.

Las cifras con las que contamos han sido proporcionadas por fuentes cristianas que en este aspecto se muestran muy tendenciosas, porque los totales de cada bando no son verosímiles, se magnifican las pérdidas musulmanas y se rebajan las cristianas.

 Empecemos a ver qué datos se ofrecen para las bajas enemigas y lo haremos constatando las cifras de menor a mayor: nos encontramos primero con Arnaldo de Narbona que calcula 60.000 muertos musulmanes e incluso más. Doña Berenguela, la hija del Rey, informa a su hermana Blanca que las bajas almohades se estimaban en 70.000 hombres y 15.000 mujeres, este último dato  podría sorprendernos a priori sino supiéramos que los contingentes árabes de los Banã Hil~l venían acompañados de toda su familia. En cuanto al propio rey Alfonso VIII, en su carta al Papa, dice que fueron más de 100.000 los fallecidos y asegura que esta cifra procedía de los cálculos realizados por los propios musulmanes hechos prisioneros. El Cronicón de San Víctor de Marsella coincide en la misma cantidad, así como la Crónica de Alberico y los Anales compostelanos. En cambio, Ximénez de Rada la aumenta a 200.000 y la Primera Crónica General, que en tantas ocasiones es subsidiaria de la historia del arzobispo de Toledo, proporciona el mismo dato. En cuanto a las crónicas más tardías, se mantienen en la misma línea, así por ejemplo, Beuter indica que las bajas musulmanas fueron más de 180.000. 

No ha de extrañarnos que los cronistas expongan estas cifras de bajas que, en algunos casos, multiplican por diez la cantidad real de efectivos que estimamos. Ya hemos indicado anteriormente que las cifras en la Edad Media tienen la finalidad de embellecer y magnificar los triunfos. Las Navas de Tolosa no son una excepción, en otras batallas medievales las bajas musulmanas son igualmente exageradas. Ximénez de Rada recoge que  fallecieron 70.000 moros en Clavijo y 80.000 en Simancas.

 Sin embargo, las bajas cristianas sorprenden por su escasísimo número. La Crónica latina no indica cifra alguna, sólo recoge que: 

 "...por parte de los cristianos murieron poquísimos en aquel día". 

 El arzobispo de Toledo constata menos de 25 fallecidos. Alfonso VIII, apenas 25 ó 30, considerando que sería increíble si no fuera porque es un milagro. El arzobispo de Narbona se admira de que los fallecidos en su bando no lleguen a 50. Desde luego, se aprecia una clara intención providencialista en estas cifras, proporcionadas por los testigos más importantes que quitaron importancia a sus pérdidas. En abierta contradicción con estos testigos, encontramos el testimonio de doña Berenguela que habla de unos 200 muertos en la carta que escribe a su hermana. Hasta hace poco esta fuente no se había utilizado.

Próxima a estos datos se encuentran la Crónica de Castilla, que arroja un balance no superior a 140; la Crónica de Veinte Reyes, no más de 150, y también la Crónica de Alfonso XI, que dedica un capítulo a comparar la Batalla de las Navas con la del río Salado ocurrida en octubre de 1340. Esta crónica proporciona un saldo de 225 bajas cristianas para la batalla habida en el siglo XIII y sólo de 20 para la del siglo siguiente. Con estas cifras lo que pretende el cronista de Alfonso XI es ensalzar la victoria del Salado frente a las de Las Navas. 

Desde luego, unos 200 muertos no es una cifra espectacular pero entra en contradicción con las dadas por los testigos.

 Francisco Anaya y Ruiz, autor de una de las monografías sobre Las Navasopinaba, basándose en el criterio de otros historiadores, que Ximénez de Rada, al consignar la cifra de 25 muertos, omitió la palabra mil para no repetirla por estar muy cerca de las bajas musulmanas expresadas en miles. De este modo, la cifra de bajas cristianas ascendería a 25.000, sin que ello supusiera ningún desdoro para la Batalla ya que los caídos del bando contrario multiplicarían varias veces esa cantidad. Sin embargo, si bien es cierto que esa intención del Arzobispo sería presumible en el texto de De rebus Hispaniae, no ocurre lo mismo con la Historia de la gran Batalla, donde no se cita el número de muertos musulmanes y donde sólo se expresa la cantidad de 25 bajas para los cruzados.

La  Crónica de Alberico, al parecer, es la única fuente medieval que habla de un gran número de bajas cristianas pero lo hace de una manera interesada, pues interpreta la escasa cifra que otorgan las demás crónicas como resultado de un milagro: la intervención milagrosa de Santa María de Rocamadour, cuyo estandarte al ser desplegado cambió el curso de la Batalla: 

"...de los cristianos habían ya sucumbido muchos, pero después que se sacó el estandarte de la Virgen apenas murieron treinta hombres".

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 Rocamadour en Francia

Alberico, como tantos otros, no duda en reconocer una intervención providencial, pero su explicación, a la vez que pretende atribuir el mérito de la victoria a la advocación francesa de Rocamadour, incide en que no es plausible un número de víctimas cristianas tan bajo para toda la jornada de Las Navas. Existe, además, un testimonio del siglo XVI que desenmascara la pretendida ausencia de bajas cristianas y es el relato de Andrea Navagiero que describe cómo vieron en el camino entre la Venta del Palacio y el Viso del Marqués:

"...muchas cruces que señalan los lugares en que yacen muchos cristianos que murieron en una refriega que tuvieron allí con los moros, en la cual fueron al fin vencidos y aniquilados los infieles." 

Estas cruces debían estar en el collado de las Matanzas y en el cerro de las Calaveras, muy cerca de Castro Ferral.

 Huici Miranda para calcular las pérdidas cristianas intentó hacer una estadística, pero le fue imposible ante la falta de datos, aunque acabó concluyendo que el número de personajes conocidos fallecidos en la Batalla, o poco después, era elevado teniendo en cuenta que sólo se sabe con certeza el nombre de unos cincuenta personajes que acudieron a la Batalla. 

Hagamos memoria de los cristianos fallecidos: el obispo de Burgos, Juan Maté, fallecido el 18 de julio; Alfonso Fernández de Valladares, comendador de la Barra por parte de la Orden de Santiago; el propio maestre de esta orden, don Pedro Arias, que, según la tradición, falleció meses después a consecuencia de una herida y, efectivamente, al año siguiente ya tenían los santiaguistas maestre nuevo. Pedro Gómez de Azevedo, comendador de las Casas de Toledo y Alférez de la Orden de Calatrava; e Íñigo López, señor de Llodio. Según Beuter, falleció también Dalmau de Crexel, el supuesto artífice de la estrategia cristiana. 

Los Reyes le rindieron honores y lo mandaron enterrar en Toledo, pero, como ya indicamos anteriormente, este caballero del Ampurdán no participó en la Batalla. En cuanto al maestre de Calatrava, Ruy Díaz de Yanguas, Rades y Andrada nos informa de que no falleció en la Batalla como "algunos dizen", sino que recibió una herida en un brazo, que le incapacitó para poder luchar en adelante. Tuvo que renunciar al maestrazgo, siendo elegido en el mismo campamento como nuevo maestre, Rodrigo Garcés de Aza que era el comendador mayor de la Orden.

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