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Viajes y Visitas culturales

Evento 

Viaje cultural a los castros vettones de Ávila (plazas agotadas)
Título:
Viaje cultural a los castros vettones de Ávila (plazas agotadas)
Ponente:
Rodrigo García-Quismondo 
Cuándo:
27/09/2014 - 27/09/2014 
Categoría:
Cultura y sociedad -> Viajes y visitas culturales

Resumen

CONTENIDO: Visita a los Castros Vettones en la provincia de Ávila. Con un guía oficial visitaremos los castros de Chamartín y la Cogotas, así como el centro de interpretación de Cardeñosa

Comeremos en el restaurante Vettonia cercano a Ávila.

SALIDA: 27 de septiembre a las 8.30 horas en autobús desde la estación de Tres Cantos, siendo el regreso ese mismo día a las 20 horas.  

PRECIO: El precio será de 47 euros para los socios al corriente de pago. 

(Para los NO socios el precio es de 57 €uros).

El precio incluye el viaje en autobús, comida y honorarios del guía oficial.

INCRIPCIONES: Se podrán realizar por cualquiera de los dos métodos siguientes:

- Mediante mensaje al correo de la Universidad Popular universidadpopularc3c@gmail.com

- En esta misma web, en la opción "Reserva de actividades"

PAGOS: Se harán por transferencia a la Caja de Cataluña en la Avda. de Viñuelas, 9 de Tres Cantos,  cuenta nº 2013 0820 58 0200336581

IMPORTANTÍSIMO: Indicad por favor en el concepto del pago LOS NOMBRES DE LOS VIAJEROS seguido de la palabra “Vettones”

Los pagos se pueden hacer a partir del momento en que os sea confirmada la inscripción o como fecha tope el 10 de agosto.

Documentos

VETTONES

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Los vetones (latin vettones) fueron el demónimo que los historiadores griegos y romanos emplearon sobre el conjunto de los pobladores prerromanos de cultura celta que habitaban un sector de la parte occidental de la península Ibérica y que compartían un denominador más o menos común. Su asentamiento tuvo lugar entre los ríos Duero y Tajo, principalmente en el territorio de las actuales provincias españolas de Ávila y Salamanca, y en parte de las de Cáceres, Toledo y Zamora. En la parte del oriente de Portugal también existen ejemplares de una de sus creaciones más características, los verracos de piedra.

En líneas generales los vetones limitaban con los pueblos vacceos al norte, con los astures al noreste, al este con los carpetanos, al sur con los oretanos, túrdulos y célticos y al oeste con los lusitanos. Es posible que también entraran en límite con el territorio arévaco al noreste.

Su cultura se caracterizó por su carácter guerrero y ganadero. Las diferentes comunidades vetonas estaban dirigidas por una «estratocracia» que controlaba los recursos, en particular el ganado. Construyeron asentamientos defensivos en zonas elevadas; algunos ejemplos que han llegado a nuestros días son los castros u oppida de Ulaca, El Raso, Sanchorreja, Las Cogotas o el de Mesa de Miranda.

El concepto Vetonia como ente etno-político es probablemente un producto posterior fruto de la nueva organización territorial de la Hispania romana que realizó Augusto en los últimos estertores del Siglo I a. C.

Historia

Arqueológicamente, el territorio vetón corresponde al que ocupa la cultura denominada Cogotas II o de los verracos; esta cultura se desarrolla a partir del siglo V a. C. como una evolución de la cultura preexistente, Cogotas I, de finales de la Edad del Bronce, sobre la que influye la progresiva llegada de pobladores indoeuropeos.

La construcción de murallas de los castros salmantinos y abulenses en la segunda mitad del siglo V a. C. denota un incremento de la riqueza y los recursos de la comunidad, necesarios para hacer frente el coste económico y humano (horas de trabajo invertidas en la construcción en detrimento de tareas productivas primarias) de la edificación de dichas defensas. En este incremento de la riqueza debieron jugar un gran papel los contactos con sociedades más avanzadas del sur de la península y la influencia de los pueblos colonizadores, con quienes se realizaban intercambios a través de una ruta prehistórica que luego dará origen a la Vía de la Plata.

En torno al 500-400 a. C. se produjo un cambio profundo en el interior de la península. La puesta en práctica de nuevas tecnologías agrícolas (proceso de deforestación, conversión de zonas de bosque en pastos y campos para el cultivo), provocó que los asentamientos fuesen más grandes y de ocupación más prolongada (sedentarización), además de un crecimiento demográfico y una mayor jerarquización social.

El cambio de las prácticas agrícolas, el aumento de la producción y la acumulación de riqueza repercutió en las redes de intercambio y en los contactos regionales. La aparición de posibles invasores hace que se empiecen a construir murallas, torres, fosos; estos poblados fortificados se denominan genéricamente «castros».

Los Oppida y la llegada de Roma

Los vetones, como el resto de culturas de la Península, sufrieron cambios en vísperas o a lo largo de la conquista romana. Estos cambios se observan a principios del siglo II a. C. y se observan claramente en la arquitectura y en el trazado de algunos poblados.

Nuevas ciudades

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Las murallas que se van construyendo tienen sillares angulosos y de gran tamaño, aparecen torres de planta cuadrada, como en La Mesa de Miranda, aumenta la superficie ocupada de los poblados, como en Las Cogotas o Salamanca y se fundan otros nuevos, como El Raso. Es ahora cuando se observa que existen jerarquías entre ellos, y los poblados que son más importantes se organizan en barrios, talleres, zonas de santuario, mercados... Estos poblados fortificados de la Segunda Edad del Hierro reciben el nombre de Oppida, palabra que empezó a usar Julio César para los grandes asentamientos de la Galia.

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Estos centros, por su tamaño y por sus defensas, se consideran por algunos los primeros centros urbanos prehistóricos de la Meseta occidental. Por ejemplo, hacia el 300 a. C. Salamanca ya tenía una superficie de 20 ha. Es casi seguro que otros poblados alcanzasen en este momento su tamaño actual, como Las Cogotas, sus casi 15 ha, o La Mesa sus 19 ha. Por entonces se fundaría El Raso, con la misma superficie que Salamanca. Más tarde, La Mesa de Miranda amplía sus recintos a tres y ocupa 30 ha, llegando a invadir parte de la necrópolis. Esto se ha relacionado con la conquista romana y los periodos de inseguridad asociados, ya fueran las expediciones del pretor Postumio en el 179 a. C. o las de Viriato a mediados del siglo II a. C.

Las prospecciones y excavaciones arqueológicas llevadas a cabo han permitido observar que en estos poblados vivió mucha gente en viviendas, talleres y otros posibles edificios públicos repartidos por calles; esto es, algo planificados. También se han hallado zonas no construidas, que pudieron servir como lugares para la estabulación del ganado colectivo. La zonificación en barrios de viviendas ricas, otros más pobres, viviendas extramuros, talleres, basureros... podría incluso estar hablando de una diferenciación social, que se refleja también en los cementerios. El caso más claro de jerarquización de poblados, podría ser Ulaca, en la provincia de Ávila, considerado un Oppidum, por su santuario rupestre, la sauna, ambos forman un centro sagrado que debió ser el único operativo en la comarca, y la superficie de sus defensas, unas 70 ha, incluso llega a ser uno de los centros urbanos más grandes de la Península durante la Segunda Edad del Hierro.

Sociedad urbana

Se podría pensar que gracias a la influencia de Roma la sociedad vetona se fue convirtiendo en una sociedad urbana. Algunos textos dan testimonio histórico de que la primera toma de contacto entre los vetones y los romanos fue en el año 193 a. C., en la campaña del pretor Marco Fulvio Nobilior, que vence y hace huir en el oppidum de Toletum a un ejército formado por carpetanos, vetones, vaceos y celtíberos.

En esos años, llegan objetos romanos, como vajillas para el consumo del vino, aceite y telas y es posible que los materiales romanos de los yacimientos como Salamanca, Toro, Coca, Las Cogotas, La Mesa de Miranda o El Raso de Candeleda sean de esta época, y su llegada seguramente supuso una gran impacto de tipo económico, lo cual podría hacer pensar que el desarrollo de los Oppida fue impulsado por esta necesidad de relación con Roma. No se debe pensar que fue Roma la impulsora de este fenómeno, ya que desde el siglo VI a. C. hay pruebas del proceso que desembocará en los centros urbanos.

Artesanía y metalurgia

La producción de hierro, fundición del bronce, fabricación de cerámica, tejidos, talla en piedra, la producción agrícola y ganadera, más el almacenamiento de alimentos a gran escala, además de los ajuares de los cementerios y de las relaciones comerciales e intercambio de productos a larga distancia —que se han podido comprobar en poblados y necrópolis— permiten hablar de una creciente industrialización de los poblados vetones, generaciones antes de la llegada de Roma.

No se puede negar que la demanda del mundo romano en la Península aceleró el proceso. Es ahora cuando se generaliza el uso de la cerámica a torno y su producción a gran escala, lo que debía exigir la dedicación de artesanos a tiempo completo sin dedicarse a tareas de subsistencia, como al agricultura o la ganadería. En este momento se observa la paulatina desaparición de la cerámica a mano peinada y la aparición de talleres alfareros en los castros, como el taller de Las Cogotas.

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A lo largo de los siglos II y I a. C. se van homogeneizando las producciones en todo el territorio vetón. La cerámica recuperada allí estaba hecha a torno, siendo muchos de ellos vasos de borde vuelto en forma de «palo de golf», en «cabeza de pato», copas, cuencos, botellas, recipientes globulares, embudos. Si están pintados los motivos, es en forma de bandas, líneas onduladas, meandros, motivos de cestería y los característicos círculos y semicírculos concéntricos. Parece que en el transcurso de estos siglos el material fue homogeneizándose en todo el territorio.

Bajo administración romana

En el año 61 a. C., Julio César fue nombrado gobernador de la Hispania Ulterior y, con el pretexto de erradicar las rapiñas de vetones y lusitanos, hizo que la población abandonase los poblados fortificados y bajase al llano, mediante actuaciones militares entre el Duero y el Tajo. Además prohibió la construcción de fortalezas. Este hecho modificó notablemente la organización del territorio. Los habitantes de los castros optaron por diferentes soluciones; unos siguieron funcionando como pequeños núcleos, llegando incluso a adquirir estatutos municipales con el tiempo. Arqueológicamente, se observa que el abandono de los poblados se debió más bien a la propia iniciativa indígena, pues no se han hallado procesos belicosos, como quema de poblados, sino abandonos pacíficos.

No parece que esta etnia fuera de las más belicosas y contrarias a Roma y el silencio de las fuentes parece corroborarlo. Quizá buscasen mejores lugares de asentamiento de acuerdo con los intereses romanos, valorando los recursos agrícolas, mineros, ganaderos, estratégicos (vías de comunicación y ciudades) todo ello controlado por el ejército, que prefiguraría la situación altoimperial.

La estrategia ya empezó en el siglo II a. C. Debió tener mucho más éxito tras las guerras sertorianas (82-72 a. C. Por entonces los núcleos de población como Las Cogotas, La Mesa de Miranda o Ulaca comenzaron a despoblarse, como lo demuestra el que apenas se hayan encontrado materiales romanos en su interior. La población debió trasladarse a la vega, probablemente al lugar que hoy ocupa Ávila, que tiene una aparente semejanza con la ciudad vetona de Óbila de Ptolomeo, pero no existen pruebas concluyentes al respecto. No hay pruebas que certifiquen que en Ávila existiese un castro de la Segunda edad de hierro, pero sí se han hallado cerámicas en un solar que podrían atestiguar una población sobre el siglo I a. C. que coincide con la escasez de restos en los Oppida del valle.

Sin embargo, en Ciudad Rodrigo y Salamanca se ha podido constatar la relación entre el mundo indígena y el altoimperial romano. Otros castros sobresalen durante el bajo imperio, como son Las Merchanas o Yecla la Vieja, que se relacionan con la explotación minera del territorio. Al sur de Gredos, en El Raso de la Candeleda, se han obtenido denarios y ases republicanos, y se observa abandono hacia la época de César; por su importancia, debió trasladarse su población a Talavera la Vieja (Augustóbriga) o a Talavera de la Reina (Caesarobriga).

En el siglo I a. C. la presencia romana al sur del Tajo no debía estar muy consolidada, pero a partir de entonces los poblados del llano empiezan a presentar los mismos materiales que los castros fortificados, cuyos habitantes poco a poco ocuparán tierras agrícolas más productivas. La fundación en el año 34 a. C. de Norba Caesarina, actual Cáceres, se relaciona con el abandono del castro de Villasviejas y los núcleos cercanos, por estar lejos de las vías de comunicación; Norba tiene una buena posición geográfica con respecto a la Vía de la Plata.

Los vetones formaron parte del ejército romano en la conquista de Britannia, a través del Ala Hispanorum Vettonum.


 II. Castros vettones más importantes de la provincia de Ávila

En los años 20 y principios de los 30 del siglo XX, la actividad arqueológica que tenía lugar en la provincia de Ávila era particularmente intensa. Las primeras intervenciones realizadas con criterio científico corresponden a este momento. En 1927 se iniciaron bajo la dirección de Juan Cabré los trabajos en el castro de Las Cogotas (Cardeñosa); en 1930 Antonio Molinero descubría el castro de La Mesa de Miranda (Chamartín); en 1931, Joaquín M. Navascués y Emilio Camps Cazorla, asesorados por J. Cabré, comenzaron la exploración del castro de Los Castillejos de Sanchorreja y los primeros sondeos subvencionados por la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades. Un año más tarde se exhumaban las primeras tumbas de la necrópolis de La Osera, en Chamartín, al tiempo que Fulgencio Serrano exploraba el castro de El Raso en Candeleda.

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Desde el decenio de 1930 la arqueología de las gentes de la Edad del Hierro que habitaron la Meseta occidental española, y la provincia de Ávila en particular, ha estado condicionada por los trabajos pioneros de Juan Cabré Aguiló. Sus excavaciones en los castros y cementerios abulenses ofrecieron datos fundamentales para su interpretación. Gran parte de sus planteamientos, a pesar de las críticas recibidas y de los vacíos de que adolece el caudal de información recuperado, han permanecido válidos hasta tiempos muy recientes. Sentó las bases de la identificación arqueológica de los vettones, entre otros elementos a través de los castros fortificados, las necrópolis de incineración y las famosas esculturas de verracos.

Para una arqueología centrada básicamente en la excavación de yacimientos, como era la de su época, el trabajo de Cabré ofrece detalles muy significativos desde el punto de vista metodológico, como la importancia que concedía a la geografía para entender el poblamiento prehistórico, la realización de pequeños sondeos para seleccionar los sitios más adecuados, y un exquisito tratamiento de la documentación gráfica mediante fotografías y magníficos dibujos, sin duda uno de los grandes legados dejados por el investigador, hasta el punto de poder llegar a reconstruir en gran medida los propios procesos de excavación acometidos. Sus aportaciones a la Prehistoria final, le hacen merecedor de representar una etapa fundamental en la estructuración de la arqueología de los castros y verracos de la Edad del Hierro en la provincia de Ávila

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II. Castros vettones más importantes de la provincia de Ávila

Castro de Las Cogotas (Cardeñosa)

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Las Cogotas es un poblado amurallado de la Edad del Hierro que se encuentra a unos 6 km al suroeste de la localidad de Cardeñosa, junto al río Adaja, en el extremo de la estribación más oriental de la sierra de Ávila y con una cota máxima de 1.156 m. Ocupa una pequeña elevación natural del terreno, con dos llamativos berrocales de granito redondeados, a los que debe el nombre. El poblado consta de dos recintos fortificados, uno alto o acrópolis y otro bajo considerado como encerradero de ganados, con tres entradas en cada uno de ellos, más compleja y elaborada la principal del recinto superior. Los ejes máximos del poblado son de unos 455 m por algo más de 310 m, lo que da una superficie intramuros cercana a las 14,5 ha. Aunque el poblado fortificado pertenece a la Edad del Hierro, algunos materiales de la acrópolis indican una ocupación previa a finales de la Edad del Bronce.

Es quizás el más emblemático de los castros vettones, pues por sí solo ha definido durante mucho tiempo lo que fue la Edad del Hierro en la Meseta occidental española.

Y el más conocido de antiguo, pues ya se habla de él en 1876, cuando la Comisión de Monumentos de Ávila da cuenta a la Real Academia de la Historia del hallazgo de objetos antiguos y cimientos de piedra en el sitio conocido entonces como "Las Cogoteras", manifestando la conveniencia de realizar excavaciones arqueológicas.

Muy poco después Andrés Garci-Nuño informa de los descubrimientos realizados por su padre en el castro y en otros puntos del término de Cardeñosa durante el mes de junio de ese mismo año, entre ellos el famoso verraco o jabalí de piedra hallado a la entrada del poblado (hoy en la plaza Calvo Sotelo de Ávila), trozos de otras esculturas de granito que parecían toros así como diversos objetos de piedra, metal, barro, hueso, monedas e inscripciones, que su descubridor pone a disposición de la Academia junto a los dibujos y calcos de algunos de ellos.

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Hay otras noticias y referencias del siglo XIX, pero es entre 1927 y 1929 cuando se realizan las primeras excavaciones sistemáticas en el castro, dirigidas por Juan Cabré. En 1930 y 1931, el mismo autor excavó la necrópolis, en la que se hallaron 1469 tumbas De incineración.

A finales de los años 1980 el castro ha sido objeto de nuevas excavaciones por un equipo de arqueólogos de la Universidad Complutense, dirigidos por G. Ruiz Zapatero, al construirse un embalse que afectaba a parte del yacimiento. La importancia del sitio radica en que desde los trabajos de Cabré ha servido para definir dos importantes grupos arqueológicos de la Prehistoria reciente del centro de España.

Por un lado la fase del Bronce Final (1200-850 a.C.), que ha servido para la denominación de esta etapa en la Meseta como grupo Cogotas I, y por otro lado la ocupación de la Segunda Edad del Hierro (450-50 a.C.) - falta el periodo del Hierro I - que ha dado nombre a una cultura, Cogotas II, que se extiende por el Sur del centro de la cuenca del Duero.


II. Castros vettones más importantes de la provincia de Ávila

Castro de La Mesa de Miranda (Chamartín)

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La Mesa de Miranda, donde se emplaza el poblado fortificado del mismo nombre, es un extenso cerro amesetado y escarpado, ubicado estratégicamente en la confluencia de los ríos Matapeces y Rihondo, a 1145 m de altitud y 26 km al oeste de Ávila. Domina desde lo alto un extenso territorio, que limita al norte con las tierras llanas y agrícolas del valle del Duero, y al sur con las primeras estribaciones de la sierra de Ávila, un paisaje caracterizado por la aparición de grandes canchales graníticos y tierras de pastos, lo que ha servido para resaltar el carácter ganadero de las poblaciones de la Edad del Hierro asentadas en la zona.

Es uno de los grandes oppida vettones de la Meseta occidental. Fue descubierto en 1930 y excavado por Juan Cabré, su hija Encarnación Cabré y Antonio Molinero entre 1932 y 1945. Los trabajos arqueológicos se centraron fundamentalmente en la necrópolis, conocida vulgarmente como La Osera, famosa por su extensión -2230 sepulturas- y sus ajuares metálicos, con más de 5000 piezas recuperadas. Se localiza ésta en una gran explanada al sur de las puertas principales del asentamiento, a unos 350 m al exterior de la línea que forman las murallas del primer recinto y a unos 100 m del segundo.

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Se trata de uno de los cementerios más grandes y mejor conocidos de la Segunda Edad del Hierro en la Península Ibérica. Fue excavado en su totalidad, aunque sólo se publicó una parte. Su trabajo permitió documentar algo más de 2.100 sepulturas realizadas en hoyo -muchas de ellas sin protección o protegidas por una pequeña laja de piedra- y 60 túmulos y encachados de piedra de distinto tamaño (entre 2 y 6 metros de diámetro) y forma (oval, circular, cuadrangular), que encerraban varias urnas. La cremación de los cuerpos era el ritual característico y se llevaba a cabo quemando en una pira el cadáver vestido con sus mejores galas, armas y adornos. Las cenizas y los restos de huesos y objetos que formaban el ajuar, eran recogidos entre los carbones de la pira funeraria y llevados al cementerio, donde eran depositados en una vasija de barro o directamente en el suelo, envueltos en una tela o tal vez en pequeños recipientes de material perecedero. En el interior de las vasijas, además de las cremaciones, se solían depositar pequeños objetos de adorno personal. En el caso de que estos objetos fueran armamento más complejo o grandes piezas, se colocaban entonces alrededor de la urna, a veces inutilizándolos con anterioridad al enterramiento.

 

 

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